¿Quien Fue La Primer Piloto Aviador? Amelia Hearhart

Amelia amaba volar, y el atlántico era un desafío, aunque no el primero en su vida. Antes ya había afrontado los atlánticos. Decía a quien quisiera oírla “Todo mundo tiene su propio atlántico que conquistar, cualquier cosa que queramos hacer de verdad, es un océano que hay que cruzar, sobrevolé el atlántico porque lo deseaba… Deseaba con toda mi alma hacer algo por el acto en si, disfrutar haciéndolo, concentrar en ello todas mis energías; eso no es solo la mejor garantía del éxito, si no también ser fiel a uno mismo”.

La madre de Amelia nunca lo dijo claramente, pero admiraba el valor de su hija. En los primeros años de la pequeña, no la reprendía con severidad cuando la veía emprender temerarias aventuras, con el cabello despeinado al viento y vestida con atuendos poco femeninos. Tampoco le importaba mucho que las otras niñas, mas prudentes como la época lo exigía, se escandalizaran con la libertad que se concedía para jugar.

Amelia nació el 24 de Julio de 1897 en Atchison, Kansas. Fue la hija primogénita de una familia acomodada. Su padre era un abogado y su abuelo, un personaje muy influyente en su estado natal. En sus tiempos de bonanza, Amelia recibió una buena educación en un colegio privado. Pero su padre fracaso en su profesión y se dio a la bebida. La familia se desintegraba y su prosperidad económica decaía sin remedio. Su madre decidió que lo mejor era separarse de el y esforzarse para continuar con la educación de sus dos hijas, Amelia y Muriel. Con grandes trabajos, siguió pagando los colegios privados.

Amelia termino la secundaria en Chicago y ya se alistaba para matricularse en Bryn Mawr, cuando cambio de opinión luego de visitar a su hermana en Toronto, en el invierno de 1917. Ver a los heridos le impresiono mucho y quiso ayudar. Estudio un curso de enfermería en la cruz roja canadiense para poder atender como auxiliar a los soldados heridos en la guerra. Cuando esta concluyo, se inscribió en la preparatoria de medicina de la universidad de medicina de Columbia, Nueva York. No obstante, no podía dejar de pensar en los aviones militares que había visto en el campo de aviación local y que le gustaba desde niña. Las grandes hélices causaron una profunda impresión en ella y se había jurado a si misma subir algún día a uno de esos aeroplanos.

Transcurrido un año, tuvo que admitir que su vocación no era la medicina y regreso a los Ángeles, ciudad que en ese entonces era el centro de la industria aeronáutica.

Su padre la invito a una exhibición aérea en Daugherty, Long Beach, y eso reforzó su objetivo. No le importo tomar trabajo ocasional y mal remunerado, con tal de pagarse sus clases de vuelo.

Se gradúa y participa en algunos certámenes aéreos locales. Compro su primer avión, un Kinner que apodo “El canario”. Tuvo muchas dificultades y accidentes, pero en 1922 ya era una experta en aviación. Con 25 años de edad, estaba imponiendo nuevas marcas, como ser la primera mujer que establecía un record de altitud. Se mudo a Boston, en donde se afilio a la asociación de aeronáutica y trabajo como maestra.

La invitaron a ser la primera mujer en sobrevolar el atlántico, en lugar de la señora Guest, quien se arrepintió ante el riego de la aventura. Amelia sabía que no la dejarían pilotear el avión, pero accedió de todas formas. El “friendship” despego de Trepassey el 17 de junio de 1928. Ella se encargo de llevar el diario del vuelo, acurrucada en un diminuto compartimiento detrás de los depósitos suplementarios.

De tanto en tanto le pedía al piloto que le permitiera ver la niebla flotando sobre el aire, un paisaje maravilloso que no conocía. La travesía duro 20 horas y 40 minutos, tras las cuales aterriza en Burry Port, Gales, Inglaterra.

Luego de ese viaje le hicieron muchas entrevistas y reportajes que la convirtieron en una mujer muy famosa, pero ella reconoció que lo que había hecho no tenia ningún merito, ya que solo iba de pasajera. En realidad no quería ser tripulante, sino un piloto de avión.

Busco promotores para tal fin, entre ellos George Palmer Puttman, un editor de Nueva York, con quien se caso en 1931. La mayoría de la gente consideraba una locura la idea de surcar el océano Atlántico en una Lockheed Vega. Solo Charles Lindbergh lo había hecho y era muy difícil emularlo, porque se trataba de un vuelo muy largo y muy pesado.

Pero Amelia era tenaz. Y lo logro en 1932, implantando una nueva marca, la de menor tiempo, con 13 horas y 30 minutos de vuelo. Luego repetiría esta travesía. Tres años más tarde, hizo el primer vuelo transpacífico de Honolulu, Hawai, a California, Estados Unidos. Se arriesgaba cada vez mas, aunque siempre estaba segura de alcanzar sus metas. Escribió a su esposo “Quiero que sepas que estoy consciente de los riesgos… Lo hago porque lo quiero hacer. Las mujeres deben tratar de hacer las cosas como los hombres las han hecho, cuando fallen su fracaso no debe ser si no un reto para otras”.

Quería trasmitir sus vivencias y su experiencia en los viajes, así empezó a dar conferencias y a promocionar la aviación entre las mujeres.

¿Cuál seria la próxima aventura, la mas audaz hasta entonces? Dar la vuelta al mundo, siguiendo la línea del ecuador. Eligio un Lockheed Electra 10E, Noonan. A ningún piloto se le había ocurrido emprender tan compleja empresa. Tras algunos imprevistos, definieron la ruta: irían de Oeste a Este y saldrían de California como destino. Las escalas serian Puerto Rico, África, India y Nueva Guinea.

El avión despego el 1ro de Junio de 1937. Las jornadas eran largas, y solo se detenía cargar combustible. Periodistas esperaba su arribo en cada escala, y tomaban fotografías de una Amelia exhausta, agotada por el cansancio.

Nadie antes había volado sin escalas desde el Mar Rojo hasta la india. Después de Karacahi, el Electra voló al Calcuta el 17 de junio. Luego, se dirigió a Rangoon, Bangkok, Singapur y Bandoeng, en donde permanecieron varios días, detenidos por un monzón. Reparararon los instrumentos de navegación que se habían averiado y Amelia se sobrepuso a una disentería.

El 27 de junio partieron de Baendoeng rumboa Port Darwin, Austria. Suigio Nueva Guinea, el 29 de Junio. Desde ahí, Amelia redacto un último articulo que envió por cable a Herald Tribune.

Días después, el 2 de julio, el avión fue reabastecido con 1000 galones de combustible, que permitían volar durante mas de 20 horas. Amelia informo a la torre de control su posición: 20 millas al suroeste de las islas Nakumanu. Había recorrido ya 41 000 kilómetros sobre el pacifico y le faltaban 12 500 para avistar a california; Pero algo sucedió.

El viento arreciaba. Entonces Amelia se reporto por ultima vez mientras se acercaba a las islas Howland, a 12 000 pies de altitud. El mensaje decía “KHAQQ llamando al Itasca. Deberíamos estar sobre ustedes pero no podemos verlos… el combustible se agota…”

Se cree que Amelia y su copiloto aterrizaron en algún punto del océano pacifico y justo entonces nació el misterio y la leyenda. Se les busco exhaustivamente por ordenes del presidente Roosevelt, pero jamás fueron encontrados.

Aunque temeraria, Amelia fue valiente al ganar un lugar en el campo de aviación, que como muchos otros, era dominado por los hombre. La niña de cabello al viento surco el cielo como las aves y, al igual que estas, se perdió en los reflejos dorados del crepúsculo.

Fuente: “Grande Mujeres” por Marlik Mariaud y Minerva Salado Pág. 76 -76 Editorial Trillas.

Amelia amaba volar, y el atlántico era un desafío, aunque no el primero en su vida. Antes ya había afrontado los atlánticos. Decía a quien quisiera oírla “Todo mundo tiene su propio atlántico que conquistar, cualquier cosa que queramos hacer de verdad, es un océano que hay que cruzar, sobrevolé el atlántico porque lo deseaba… Deseaba con toda mi alma hacer algo por el acto en si, disfrutar haciéndolo, concentrar en ello todas mis energías; eso no es solo la mejor garantía del éxito, si no también ser fiel a uno mismo”.

La madre de Amelia nunca lo dijo claramente, pero admiraba el valor de su hija. En los primeros años de la pequeña, no la reprendía con severidad cuando la veía emprender temerarias aventuras, con el cabello despeinado al viento y vestida con atuendos poco femeninos. Tampoco le importaba mucho que las otras niñas, mas prudentes como la época lo exigía, se escandalizaran con la libertad que se concedía para jugar.

Amelia nació el 24 de Julio de 1897 en Atchison, Kansas. Fue la hija primogénita de una familia acomodada. Su padre era un abogado y su abuelo, un personaje muy influyente en su estado natal. En sus tiempos de bonanza, Amelia recibió una buena educación en un colegio privado. Pero su padre fracaso en su profesión y se dio a la bebida. La familia se desintegraba y su prosperidad económica decaía sin remedio. Su madre decidió que lo mejor era separarse de el y esforzarse para continuar con la educación de sus dos hijas, Amelia y Muriel. Con grandes trabajos, siguió pagando los colegios privados.

Amelia termino la secundaria en Chicago y ya se alistaba para matricularse en Bryn Mawr, cuando cambio de opinión luego de visitar a su hermana en Toronto, en el invierno de 1917. Ver a los heridos le impresiono mucho y quiso ayudar. Estudio un curso de enfermería en la cruz roja canadiense para poder atender como auxiliar a los soldados heridos en la guerra. Cuando esta concluyo, se inscribió en la preparatoria de medicina de la universidad de medicina de Columbia, Nueva York. No obstante, no podía dejar de pensar en los aviones militares que había visto en el campo de aviación local y que le gustaba desde niña. Las grandes hélices causaron una profunda impresión en ella y se había jurado a si misma subir algún día a uno de esos aeroplanos.

Transcurrido un año, tuvo que admitir que su vocación no era la medicina y regreso a los Ángeles, ciudad que en ese entonces era el centro de la industria aeronáutica.

Su padre la invito a una exhibición aérea en Daugherty, Long Beach, y eso reforzó su objetivo. No le importo tomar trabajo ocasional y mal remunerado, con tal de pagarse sus clases de vuelo.

Se gradúa y participa en algunos certámenes aéreos locales. Compro su primer avión, un Kinner que apodo “El canario”. Tuvo muchas dificultades y accidentes, pero en 1922 ya era una experta en aviación. Con 25 años de edad, estaba imponiendo nuevas marcas, como ser la primera mujer que establecía un record de altitud. Se mudo a Boston, en donde se afilio a la asociación de aeronáutica y trabajo como maestra.

La invitaron a ser la primera mujer en sobrevolar el atlántico, en lugar de la señora Guest, quien se arrepintió ante el riego de la aventura. Amelia sabía que no la dejarían pilotear el avión, pero accedió de todas formas. El “friendship” despego de Trepassey el 17 de junio de 1928. Ella se encargo de llevar el diario del vuelo, acurrucada en un diminuto compartimiento detrás de los depósitos suplementarios.

De tanto en tanto le pedía al piloto que le permitiera ver la niebla flotando sobre el aire, un paisaje maravilloso que no conocía. La travesía duro 20 horas y 40 minutos, tras las cuales aterriza en Burry Port, Gales, Inglaterra.

Luego de ese viaje le hicieron muchas entrevistas y reportajes que la convirtieron en una mujer muy famosa, pero ella reconoció que lo que había hecho no tenia ningún merito, ya que solo iba de pasajera. En realidad no quería ser tripulante, sino un piloto de avión.

Busco promotores para tal fin, entre ellos George Palmer Puttman, un editor de Nueva York, con quien se caso en 1931. La mayoría de la gente consideraba una locura la idea de surcar el océano Atlántico en una Lockheed Vega. Solo Charles Lindbergh lo había hecho y era muy difícil emularlo, porque se trataba de un vuelo muy largo y muy pesado.

Pero Amelia era tenaz. Y lo logro en 1932, implantando una nueva marca, la de menor tiempo, con 13 horas y 30 minutos de vuelo. Luego repetiría esta travesía. Tres años más tarde, hizo el primer vuelo transpacífico de Honolulu, Hawai, a California, Estados Unidos. Se arriesgaba cada vez mas, aunque siempre estaba segura de alcanzar sus metas. Escribió a su esposo “Quiero que sepas que estoy consciente de los riesgos… Lo hago porque lo quiero hacer. Las mujeres deben tratar de hacer las cosas como los hombres las han hecho, cuando fallen su fracaso no debe ser si no un reto para otras”.

Quería trasmitir sus vivencias y su experiencia en los viajes, así empezó a dar conferencias y a promocionar la aviación entre las mujeres.

¿Cuál seria la próxima aventura, la mas audaz hasta entonces? Dar la vuelta al mundo, siguiendo la línea del ecuador. Eligio un Lockheed Electra 10E, Noonan. A ningún piloto se le había ocurrido emprender tan compleja empresa. Tras algunos imprevistos, definieron la ruta: irían de Oeste a Este y saldrían de California como destino. Las escalas serian Puerto Rico, África, India y Nueva Guinea.

El avión despego el 1ro de Junio de 1937. Las jornadas eran largas, y solo se detenía cargar combustible. Periodistas esperaba su arribo en cada escala, y tomaban fotografías de una Amelia exhausta, agotada por el cansancio.

Nadie antes había volado sin escalas desde el Mar Rojo hasta la india. Después de Karacahi, el Electra voló al Calcuta el 17 de junio. Luego, se dirigió a Rangoon, Bangkok, Singapur y Bandoeng, en donde permanecieron varios días, detenidos por un monzón. Reparararon los instrumentos de navegación que se habían averiado y Amelia se sobrepuso a una disentería.

El 27 de junio partieron de Baendoeng rumboa Port Darwin, Austria. Suigio Nueva Guinea, el 29 de Junio. Desde ahí, Amelia redacto un último articulo que envió por cable a Herald Tribune.

Días después, el 2 de julio, el avión fue reabastecido con 1000 galones de combustible, que permitían volar durante mas de 20 horas. Amelia informo a la torre de control su posición: 20 millas al suroeste de las islas Nakumanu. Había recorrido ya 41 000 kilómetros sobre el pacifico y le faltaban 12 500 para avistar a california; Pero algo sucedió.

El viento arreciaba. Entonces Amelia se reporto por ultima vez mientras se acercaba a las islas Howland, a 12 000 pies de altitud. El mensaje decía “KHAQQ llamando al Itasca. Deberíamos estar sobre ustedes pero no podemos verlos… el combustible se agota…”

Se cree que Amelia y su copiloto aterrizaron en algún punto del océano pacifico y justo entonces nació el misterio y la leyenda. Se les busco exhaustivamente por ordenes del presidente Roosevelt, pero jamás fueron encontrados.

Aunque temeraria, Amelia fue valiente al ganar un lugar en el campo de aviación, que como muchos otros, era dominado por los hombre. La niña de cabello al viento surco el cielo como las aves y, al igual que estas, se perdió en los reflejos dorados del crepúsculo.

Fuente: “Grande Mujeres” por Marlik Mariaud y Minerva Salado Pág. 76 -76 Editorial Trillas.

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